Cuando la profesora también tiene que soltar
Cuando la profesora también tiene que soltar
Tengo un alumno desde hace un mes y medio. Tiene una de esas voces que parecen hechas para un programa de talentos — el tipo de voz con la que sueñan muchos cantantes. Llegó a mis clases queriendo mejorar su técnica.
Al principio no sabía muy bien cómo ayudarlo. Tenía bastante tensión en el cuello, y una respiración alta, un poco contenida. Empezamos a trabajar conciencia corporal — manos en el abdomen, sintiendo el movimiento de la respiración, conectándolo poco a poco con el apoyo.
Pero no le salía. Clase tras clase, me decía lo mismo: "no lo siento, no lo siento." Me comentaba su frustración y yo, sin darme cuenta, empecé a frustrarme también. No solo porque no avanzábamos — sentía que no lo estaba acompañando bien como profesora.
Hace unos meses atrás, tuve una alumna que decidió tomar clases en paralelo con otra profesora, una enfocada únicamente en la técnica. Ella quiso seguir esa dirección — sentía que la técnica importaba más de lo que yo le daba espacio. Eso se quedó dando vueltas en mi cabeza varios días. Yo sigo creyendo que si el cuerpo no se libera, si el sonido no se libera, la técnica nunca termina de aparecer del todo, especialmente en su caso. Pero también entendí que cada persona necesita encontrar lo que le podría funcionar. Me hizo sentir, por un momento, que quizás no estaba haciendo bien mi trabajo. Y al mismo tiempo, sabía que no se trataba de quién tenía razón, sino de que cada quien tiene su propio proceso.
Con mi alumno actual, llegó un día en que la frustración de ambos llegó a un punto alto. Sentía que le daba muchas herramientas pero que nada estaba funcionando. Le dije, casi sin pensarlo, que tal vez yo no era la profesora adecuada para él, que si quería avanzar, podría ver la opción de probar con otra profesora, o tomarse un tiempo de descanso. Lo dije desde mi propio cansancio, no desde la convicción.
Él me respondió algo que no esperaba: "No creo que se trate de buscar otra profesora. Tiene que ver con mi frustración de no poder avanzar, porque no siento mi cuerpo. No siento nada."
Ahí entendí que él ya estaba escuchándose. Para mí, eso ya significaba un avance.
Le pregunté entonces qué sentía cuando cantaba en su casa, solo, sin ejercicios ni técnica de por medio. Me dijo: "me siento bien." Cantaría todo el día si pudiera, dijo, pero aquí en la clase, haciendo los ejercicios de vocalización, pensar en la técnica, le generaba frustración constante porque no le salía natural. Además, me confesó algo más: es una persona muy vergonzosa, y le da vergüenza cantar frente a mí. Le dije que lo entendía perfectamente — yo pasé por lo mismo.
Fue ahí cuando decidí soltar también yo. Le propuse dejar por un momento de pensar en cómo debía respirar, y simplemente partir desde lo que había. Sentir, sin la obligación de hacerlo de una manera específica.
Le pedí que cantara la canción de todas formas. Y noté algo: cuando cerraba los ojos, su voz salía libre, con una potencia que no había aparecido antes en clase. Apenas abría los ojos, la voz volvía a contenerse.
Para la próxima clase, le propuse algo simple: empezar a cantar con los ojos cerrados, y poco a poco, sin dejar de cantar, ir abriéndolos para mirar distintos puntos de la sala — y luego volver a cerrarlos. Así, de a poco, hasta que el cuerpo aprenda a sostener esa libertad incluso con los ojos abiertos, incluso siendo visto.
Y entonces, casi como un descubrimiento propio, me dijo: "tengo necesidad de mover las manos cuando canto." Le dije que las moviera. Las manos están profundamente conectadas con la garganta — moverlas también puede dar soltura al sonido.
Algo cambió ese día. No fue una técnica nueva. Fue un permiso.
Y ahí me hice una pregunta que todavía sigo masticando: ¿cuánta gente se rinde antes de encontrar su propio camino? No el camino correcto — cada persona tiene el suyo.
Esa pregunta también me la hago como profesora. Quizás la forma en que yo estaba enseñando no era la única, ni la correcta para él. A veces hay que aprender a escuchar lo que el estudiante necesita, cómo piensa, cómo siente — y eso requiere un nivel de empatía que solo se construye con tiempo, con sensibilidad, y con la disposición a soltar también nuestro propio método.
Porque a veces, antes de pedirle al alumno que se libere, la profesora también tiene que liberarse de la idea de cómo "debería" enseñar.
Denisse Iturra
1 de Julio, 2026